La historia de Alfonso Méndez

“Por miedo fue que me moví a este país. Al pensar que alguien me podría hacer daño. Y a mis hijos pequeños me los querían secuestrar.”

“Todos tenemos derecho al trabajo, a la comida, a vivir en paz.”

Mi nombre es Alfonso Méndez. Me gradué como ingeniero agrícola de la Universidad Surcolombiana y, durante mis primeros años como profesional, trabajé para una compañía dedicada a la erradicación de cultivos ilícitos en Colombia. Mi labor consistía en visitar comunidades rurales del departamento del Huila y convencer a los agricultores de abandonar el cultivo de coca para optar por alternativas legales como la mojarra, el arroz o el algodón.

En Colombia es bien sabido que en muchas de estas zonas la guerrilla ejerce el control. Por esa razón, mi trabajo no pasó desapercibido. Fui amenazado. Un día, al vehículo en el que me desplazaba le dispararon. Poco después, a mi esposa —con quien tenía un pequeño negocio de artículos de cuero en la ciudad donde vivíamos— le llegó una nota: decían que me iban a matar y que secuestrarían a nuestros hijos si yo continuaba con esa actividad.

Poco después, a mi esposa . . . . le llegó una nota: decían que me iban a matar y que secuestrarían a nuestros hijos si yo continuaba con esa actividad.

Fue entonces, en el año 2000, cuando tomamos una decisión que cambiaría nuestras vidas para siempre: salir de Colombia. Llegamos a Estados Unidos, a la ciudad de San José, sin conocer a nadie y sin hablar inglés. En el bolsillo yo tenía apenas 2,000 dólares. El primer mes de renta pagué 800 dólares.

El segundo mes, otros 800. Después de eso, ya no tenía con qué alimentar a mi familia.

Afortunadamente, una persona que era voluntaria en Santa Maria Urban Ministry —y que más tarde se convertiría en la maestra preescolar de mi hija, que entonces tenía apenas 18 meses— me sugirió venir a Santa Maria. Así fue como empezamos a llegar para recibir una caja de comida y algo de ropa. Nosotros veníamos de una ciudad cálida y arribamos a San José en septiembre. Mis hijos no tenían ropa adecuada para el frío.

Llegar a una ciudad nueva, con una cultura distinta y un idioma desconocido, fue extremadamente difícil.

En Santa Maria recibí comida y ropa para mis hijos. Aquello me tocó profundamente, porque me tendieron la mano justo cuando más lo necesitaba. Después de unos dos meses, logré conseguir trabajo en K-Mart, donde también conocí a personas de México. En esa época éramos muy pocos los colombianos que llegábamos a San José, debido a la distancia con nuestro país.

Poco a poco, la gente me fue ayudando. Alguien nos regaló una camita, porque al principio dormíamos sobre la ropa extendida en el suelo, junto a mis hijos pequeños: Daniel, de cuatro años, y María Paula, de 18 meses. Fueron años muy duros. Primero, porque nos separamos de nuestras familias de forma repentina. Y segundo, porque no sabíamos lo que significaba vivir en Estados Unidos.

Santa Maria me brindó una mano amiga. Más adelante, cuando ya tenía trabajo de tiempo completo en Toyota, decidí devolver un poco de lo que había recibido y empecé a ser voluntario en Santa Maria. 

Venía dos días a la semana. Fui voluntario durante nueve años, hasta que surgió una posición de medio tiempo y me ofrecieron cubrirla.

Comencé a colaborar con el reverendo Lorenz, quien en ese entonces era el director. Llegaba a las siete de la noche y me iba cerca de las once. Ayudaba a procesar documentos. Con el tiempo, Santa Maria decidió nombrarme gerente de operaciones. Estuve al frente del centro durante varios años, siempre con el apoyo fundamental de las personas voluntarias que han sostenido este lugar desde siempre.

Hoy, me desempeño como director de operaciones y trabajo junto a Louis, el director ejecutivo, para seguir adelante, transformando la vida de personas inmigrantes como yo. Siempre les digo que entiendo lo que significa ser inmigrante, porque yo pasé por ese proceso. Es doloroso, pero también es un proceso que hace crecer como persona.

Sobre todo, quiero que la gente sienta aquí la misma mano amiga que yo sentí en su momento.

Para mí, Santa Maria no es solo un lugar de trabajo. Es un lugar que defiendo como si fuera mi propia casa. Me gusta estar aquí. Me gusta atender a la gente. Me gusta escucharlos. Muchas veces, lo único que necesitan es alguien que los escuche. Y ahí estoy. Si puedo ayudar, lo hago. Si no, al menos trato de orientarlos hacia quien sí pueda hacerlo.

Por eso he estado vinculado a esta institución prácticamente toda mi vida adulta. Desde el año 2000 hasta hoy, 2025, Santa Maria ha sido parte de mi historia. Y espero poder seguir aquí algunos años más, sirviendo a nuestra comunidad, que hoy necesita apoyo más que nunca.

A lo largo de los años he acumulado muchísimas memorias felices en Santa Maria. Algunas son incluso graciosas. Hay personas que llegan y me dicen: “Gracias, padre”. Yo les respondo que no soy sacerdote, pero siguen llamándome padre. Me causa gracia, porque no me ven como un cura, sino como alguien que sirve a la comunidad.

También hay recuerdos profundamente emotivos. Niños que estuvieron en el programa preescolar y que hoy son adultos. Me los encuentro en la calle y me dicen: “Profesor, esta es mi hija, este es mi hijo”. Ahora ellos también son padres. Es muy bonito saber que aquí tuvieron un buen tiempo, bajo el techo de Santa Maria.

He tenido experiencias con niños que llegaron con dificultades de conducta en los programas después de escuela o en el programa de verano. Cuando hablé con ellos, atendieron ese llamado. Años después me dicen: “Gracias a usted llegué a la universidad”, o “gracias a usted cambié mi manera de ser”. Los padres también se acercan y me dicen que algo cambió en sus hijos. Eso me llena profundamente.

Hay niños que me llaman abuelo. Empezando por los hijos de mi compañero de trabajo, Fernando, que me dicen “abuelito”. Otros, como los hijos de la señora Rosa Acevedo, también me consideran familia. Para mí es un honor que la gente me vea de esa manera.

No pensé que, después de tantos años, la gente me tuviera tan presente. 

Hace quince días (9 de diciembre de 2025) recibí un reconocimiento por parte de la Asociación Guadalupe Washington. Fue un momento muy emotivo. Cuando me entregaron el certificado, la gente aplaudió mucho. Me dijeron que realmente hago muchas cosas buenas por la comunidad. No pensé que, después de tantos años, la gente me tuviera tan presente. Compartí ese momento con mi familia en Colombia y con amigos cercanos aquí en Estados Unidos. Son memorias muy bonitas.

Gracias a mi relación con Santa Maria, mis hijos también se han beneficiado. A través de conexiones y apoyos, pudieron recibir educación de calidad en colegios privados, pagando muy poco o casi nada. Mi hijo se graduó del Colegio Bellarmine y terminó su carrera en la Universidad Estatal de San José. Mi hija se graduó del Colegio Saint Francis en Mountain View y terminó su carrera en la Universidad de Santa Clara. Actualmente, ambos están cursando posgrados.

Ellos se sienten orgullosos cuando ven noticias o reconocimientos relacionados con mi trabajo. Me dicen en broma que ya soy famoso. He tratado de inculcarles el valor del servicio social, porque eso fue lo que aprendí de mis padres. Aunque eran humildes, siempre ayudaban a los vecinos. Crecí en una comunidad donde ayudar era parte de la vida. Mis hijos son iguales.

Sé que valió la pena venir a este país. Gracias a estar aquí, podemos ayudar a nuestra familia en Colombia, donde lamentablemente la situación vuelve a ser peligrosa. La guerrilla ha retomado poder. Aunque quisiéramos traer a nuestra familia, las visas lo hacen imposible. Pero seguimos acompañando y apoyando como podemos.

Quiero agradecer a Santa Maria por abrirme las puertas. He dedicado mi vida a esta institución. Recientemente entendí que mi trabajo sí ha importado. Eso me marcó profundamente.

Me duele ver lo que está pasando hoy con las personas inmigrantes. Yo sé lo que es vivir con miedo. Por miedo me fui de mi país.

Vivir pensando que alguien puede hacerte daño, que pueden secuestrar a tus hijos, no te deja dormir en paz. Caminas mirando hacia atrás. Si un carro se detiene cerca, el corazón se acelera. Es una situación que no se la deseo a nadie.

Sé que muchas personas inmigrantes viven hoy ese mismo miedo. Deseo de corazón que llegue un entendimiento, que recordemos que todas las personas tenemos derecho a trabajar, a alimentarnos, a vivir en paz. Hay un dicho que dice:

“No hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista.” 

Confío en que algún día habrá justicia.

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