“No mami, no está nada más en tu cabeza. Lo has compartido conmigo.”
Me llamo Cándida Santiago Meléndez. Mis padres son indígenas de Oaxaca. Éramos nueve hermanos — uno falleció. Mi mamá murió a los 42 años, muy joven. Mi papá murió en el 2012, a los 83, y nunca se volvió a casar. Fuimos una familia de pocos recursos. Los que quisieron estudiar, estudiaron. Los que no, se quedaron en casa.
Yo quise estudiar. Mi visión era clara: yo quiero ser alguien en la v
ida. Veía a mi papá — no tenía dinero. Pero llegaron unas religiosas a mi pueblo. De 16 años me fui con ellas, con permiso y con carta. Ahí vi la oportunidad de estudiar y de trabajar al mismo tiempo.
Yo barría y tenía pegado en el palo lo que estudiaba. Lavaba trastes y en la ventana yo estudiaba. Quería salir adelante — por mí y por mi familia. Porque en mi pueblo una mujer nada más era para tener hijos y estar en la casa. Pero yo quería ser alguien más.
Mi papá me dijo: “Estudia, mija, cosa que yo no te puedo dar. Ábrete camino tú sola.”
Y con su bendición, me fui.
En el primer convento fue difícil. Las otras muchachas tenían tías doctoras, enfermeras, religiosas que les daban mejores cosas. Yo no tenía buen zapato, ni ropa, ni libreta, ni jabón. Pero yo dije: tengo que superarme, no por ellas, sino por mí. Trabajaba en las tardes y estudiaba en las noches. Me gané mis cosas. Me gané mi dignidad.
Me pasé a un segundo convento, más tranquilo, más justo. Ahí estudiaba una carrera en la mañana y otra en la tarde. Estudié licenciatura en teología moral y licenciatura en lenguas muertas — latín, griego y arameo. Me encantaba el egipcio, pero era mucho dinero y yo ya no tenía.
A los 21 años me mandaron a España a terminar la teología. Luego me preguntaron si quería terminar la otra carrera. Dije que sí. Me mandaron a Hong Kong, pero la comida me enfermaba. De ahí me pasaron a un pueblito en China, donde estuve ocho meses comunicándome con los muchachos en latín, porque todos hablaban chino.
Al terminar, me dijeron que había un trabajo esperándome en Italia — asistente de la directora de la biblioteca del Vaticano.
Una biblioteca de más de diez pisos, de esas grandotas antiguas. Era la época de Juan Pablo II. Yo ya tenía mis papeles. Todo iba bien.
Pero primero vine a casa a despedirme de mi papá.
Ya no pude regresar al convento ni ir a trabajar a Italia. Las madres vinieron a buscarme dos, tres veces. Me decían: tú tienes a tu hija, nosotros la cuidamos y tú vas a trabajar. Yo les dije que no. Quería que mi hija fuera libre, que tomara sus propias decisiones.
Al no regresar al convento, la escuela nunca me dio papeles de mis carreras. Eso me trajo una tristeza muy grande. Todo el sacrificio que yo había hecho — y no tenía con qué demostrarlo. Pero tenía un motivo grande para seguir adelante. Mi hija.
Las mujeres de mi pueblo me decían: aborta. Y yo decía: ¿por qué voy a abortar? Si es un don maravilloso que Dios me dio. Y tuve a mi hija.
En mi pueblo no conseguía trabajo. Era una mujer sola con una hija. Como pude, fui metiéndome a la sociedad. Vendía en un puesto de verduras, de las seis de la mañana hasta las doce de la noche. Una sola comida. A veces me robaba un plátano, una manzana — porque tenía hambre. Y con mis senos llenos porque mi bebé era recién nacida. Me daba hasta calentura.
Un día me llevé a mi hija al trabajo y se me cayó de cabeza. Salí corriendo al hospital, que estaba a una cuadra. El doctor me dijo: su hija ya se murió. Llegó mi hermana. Y entonces llegó una enfermera de rancho, bien asoleada. Miró a mi hija en la plancha y dijo: no está muerta, espéreme. Con la mano empuñada le dio un golpe aquí. Y brincó la chamaca y lloró. Estaba privada.
Empezaron a descubrir que el cráneo de Belén era muy grande, que su cerebro era muy grande. El neurólogo que la trató dijo que tenía una enfermedad. La familia del padre se burlaba de ella. Los niños en la escuela le hacían mucho bullying. Le decían que no tenía papá.
Entonces entre mi hija y yo nos inventamos una historia. Le dije: diles que tu papá se fue a Estados Unidos y nomás nos manda dinero. Y así ella les decía. Hasta cuando tenía ocho años me dijo: Mami, ponte guapa, vístete, para que los hombres te hablen y te puedas casar. Y en las noches rezaba: Diosito, que mi mamá se case con un hombre bueno, rico, para que yo tenga una casa con jardín grande y una bicicleta. Yo la escuchaba y lloraba calladita, que no me oyera.
Muchos hombres me hablaban. Pero cuando llegaban y veían mi casa cayéndose y veían a la niña, encontraban pretextos para irse. Así cuatro veces. Y yo aprendí: si quiere a la vaca, quiere al becerro.
Pero yo no me quedé quieta. Los libros sirven, mientras tú los abres y aprendes. Estudié todo lo que encontré sobre la enfermedad de mi hija. Compré juguetes de colores. Con tapitas de refresco le enseñé a multiplicar, restar y sumar — tres por cuatro, doce, órale. A los seis años ya sabía multiplicar y dividir.
Un día me senté abajo de un árbol — era un miércoles por la tarde — y le dije a Dios: ¿para qué estudié tanto, si estoy aquí vendiendo tamales? Yo quería ser alguien. Quería una casa. ¿Qué voy a hacer? Pero me dije: yo decidí tener a mi hija. Yo decidí quedarme. Tengo que agarrar otra vez al toro por los cuernos. Nada más, Señor, dame fortaleza.
Como pude fui abriéndome caminos. Fui secretaria de un obispo, luego de una preparatoria. Después me presenté en el municipio — con mis guaraches, mis trenzas, mi falda. Pobre, sí. Pero rica en mi inteligencia. Me dieron una semana de prueba. La otra candidata agarró la computadora. Yo agarré carpetas, lapiceros y papel, y organicé todo el archivo a mano — años de expedientes escolares, becas, apoyos — en cuatro horas. Ni fui a comer, porque nadie me dio orden. Al final de la semana, me dijeron: usted se queda con el puesto.
Yo siempre he dicho: secretaria viene de secreto. Guardar secreto. Lo que se hablaba adentro yo lo escuchaba y me hacía tonta. Mientras menos supiera, mejor para mí.
Me ascendieron a directora de la biblioteca. Ahí Belén aprendió computación a los cinco años. Yo daba cursos de bordado, pintura, computadoras, reparación de libros, manualidades — a toda la comunidad. Después me hice maestra de música. Mi rondalla ganó el segundo lugar.
Fue en esa época cuando conocí a mi esposo. Mi papá estaba muy grave y yo andaba sin celular. Un señor me vendió uno barato con chip prestado. En ese teléfono entró una llamada en inglés. Colgué. Volvieron a llamar. Así todo el día. En la noche volvió a llamar, esta vez en español. Era el sobrino de un hombre enfermo de cáncer que necesitaba quien lo cuidara. Que vivía en San José. Yo pensé que era un pueblo en Oaxaca. Dije que sí. Otro trabajo más, pensé. Más dinero para la universidad de mi hija.
El hombre me pidió que nos casáramos para no tener problemas. Y el pago, dijo, va a ser la casa. Le dije: órale. Y yo le limpio la cola, le dije. Nos casamos en el 2012. Él también se llevó a Belén.
Mi papá murió y tuve que regresar a México. Con todos los papeleos, volví en el 2014. Y cuando Belén tenía 16 años, me la traje.
El Señor va empeorando — ya tuvo un infarto, un derrame. A veces se le olvida cómo me llamo. Pero yo le digo a Dios: Señor, ¿dónde está todo lo que yo estudié? Quizás ahí se va a quedar, en mi cabeza. Y dice Belén: no, mami. No está nada más en tu cabeza. Lo has compartido conmigo. Porque yo me duermo a las dos, tres de la mañana platicando con ella. La tradición que le estoy dando a mi hija es oral. Porque me gustaría que me recordara.
Otros padres dicen: mija, te dejo esta cadena de oro, esta casa, este carro. Yo no.
Yo le digo: no te quiero dejar casa, ni carro, ni dinero. Te quiero dejar recuerdos.
Porque la casa se quema y ya se acabó. Un carro lo accidentas y ya.
Pero esto nunca se te va a olvidar. Lo vas a llevar dentro de tu corazón.
Y ella me dice: por eso sé inglés, japonés, chino, mami. Porque si tú pudiste, siendo pobre, yo que soy rica, yo puedo. Tú eres mi ejemplo a seguir.
No nada más por haber estudiado o tener un título te hace persona. No. Necesitas tener fracasos. Necesitas tropiezos para voltear y decirle a tus hijos: cuidado, ahí hay una piedra, vayan para allá. La vida me ha enseñado eso.
¿Por qué vine aquí? Porque mi hija me veía muy estresada, llorando por cualquier cosita. Y me dijo: mami, encontré un lugar especialmente para ti. Me trajo y me fue preparando: no digas esto, no digas lo otro. Y yo he aprendido de mi hija también.
Aquí he aprendido muchas cosas. Aquí es una familia. Es una mano — en una mano, todos los dedos son diferentes, pero si todos trabajamos en conjunto, se agarra. Usted tiene su papel. Don Alfonso tiene su papel. Todos tenemos nuestro papel.
Me gustaría que hubiera más organizaciones como esta. No por el pedazo de pan — no. Sino para hacerme sentir que valgo. No por mi conocimiento, sino como persona, como humano. Porque cuando he necesitado, los abrazos de aquí están así — abiertos.
Aquí vine a encontrar mi paz, mi tranquilidad. Y no importa que no haya hecho nada con todo lo que estudié. Si no hay amor, no tengo nada.
Ni en los conventos que estuve sentí esto. Aquí no está Dios — está el humano. Y para llegar a Dios necesitamos ser humanos. Necesitamos tener la empatía. Y aquí lo encontré.
Gracias por abrir las puertas de esta organización. Yo quisiera que muchas mujeres tuvieran un final feliz. Yo lo tengo — con mi hija y con ustedes aquí. Porque aquí no solo me dan de comer. Me dan alimento de mi espíritu.
La vida es un tren. Los vagones se suben y se bajan. Ahorita en este vagón vamos tú y yo. Al rato me bajo yo, o usted se baja primero. Así es. Mi papá me decía: no te preocupes, mija. Yo me voy. Pero van a venir otros y te van a ayudar. Nunca vas a estar sola — siempre que te portes bien.
Hay que dejar recuerdos. Porque el dinero, el carro y la casa se acaban. Los recuerdos siempre van a estar aquí.
Muchas gracias por escucharme.
