“Siempre me ha definido esto:
proteger, servir y nunca dejar de luchar por mi familia y por la justicia.”
Me llamo María Elizabeth Ruiz. Tengo 45 años y tres hijos: dos mayores y un pequeño de seis.
En Guadalajara nunca imaginé ser policía, pero cuando abrieron plazas para mujeres decidí intentarlo. Tras casi un año de academia, descubrí que tenía talento en el tiro: era precisa y disciplinada. Eso me abrió puertas rápidamente. Fui parte de la primera generación con varias mujeres aceptadas, y pronto me invitaron a trabajar con mi instructor en la evaluación de armas para otros policías.
De allí pasé a ser escolta del jefe de la policía, la única mujer en su equipo. Aprendí a manejar agendas, brindar seguridad de alto nivel y trabajar bajo presión extrema. Después me seleccionaron para el nuevo cuerpo de Policía Jalisco, donde recibimos capacitación de élite con instructores de Estados Unidos y Colombia. Además, completé un curso altamente competitivo de médico de combate.
Finalmente llegué al área de inteligencia. Allí realicé investigaciones delicadas: casas y bares vinculados al narcotráfico, operativos encubiertos y misiones que requerían precisión y discreción. En una operación se rescataron niños desaparecidos, uno de los momentos más duros y al mismo tiempo más significativos de mi carrera.
Me enamoré de mi trabajo como policía… me dio orgullo, me dio sustento, y también me dejó viva a pesar de todo lo que vi.

Pero el precio fue alto. Empezaron las amenazas. A un compañero lo levantaron, a un comandante cercano lo emboscaron y asesinaron. Mis hijas comenzaron a estar en riesgo. Aunque amaba mi trabajo, entendí que mi deber principal era protegerlas. En 2018, durante unas vacaciones en Estados Unidos con mis hijas, decidí no regresar. Fue una decisión repentina, dolorosa, pero necesaria para sobrevivir.
Mi llegada aquí no fue fácil. Pasé de una vida llena de adrenalina diaria a un país donde no dominaba el idioma, no tenía trabajo y todo era incierto. A veces me sentía como un pájaro enjaulado, acostumbrada a la acción y de pronto obligada a la calma. Inicié un proceso de asilo, pero la pandemia retrasó mucho los trámites. Mi hija mayor, Fernanda, nació aquí años atrás de manera inesperada —vine embarazada para un baby shower y ya no me dejaron volar de regreso—, así que ella tiene ciudadanía, pero yo y mi hija Jimena seguimos en proceso migratorio.
Mientras tanto, he buscado rehacer mi vida. Me reencontré con un viejo amor de juventud, y juntos abrimos un estudio de fotografía. Yo me encargo de la administración y de atender clientes. También me estoy dando tiempo para mí: ahora que mis hijos son más grandes, estudio inglés en clases de ESL y pienso en el futuro.
Ahora me estoy dando la oportunidad de estudiar inglés, porque quiero volver a mí misma, recuperar lo que soy.
Siempre he sido una mamá estricta. Mis hijas decían que pensaba como “mamá policía”. Y era cierto: fui dura para protegerlas. Hoy lo entienden mejor. Mi experiencia en la policía me enseñó a actuar con firmeza en el momento y a sacar mis lágrimas después, en silencio.
Sueño con que algún día, cuando mi estatus lo permita, pueda servir otra vez en el área de justicia o seguridad aquí en Estados Unidos. No necesariamente patrullando, pero sí en un lugar donde pueda usar lo que aprendí: disciplina, investigación, protección. Porque lo que siempre me ha definido es esto:
una mujer que protege, que sirve y que no deja de luchar por la justicia y por su familia.

Debe estar conectado para enviar un comentario.