“Lo que se hace desde el corazón,” siempre digo, “no tiene precio.”
Me llamo Patricia Lozano y he sido voluntaria en Santa Maria Urban Ministry por casi diez años. Pero mucho antes de ofrecer mi tiempo, Santa María me lo ofreció a mí.
Llegué a San José en el año 2003 con mi esposo y nuestra hija de un año. Con el tiempo, nuestra familia creció hasta tener seis hijas. Mi esposo trabajaba en dos empleos, muchas veces ausente durante los fines de semana y los días festivos, solo para poder cubrir lo básico: renta, servicios, y la matrícula de las escuelas. Mientras él trabajaba sin parar, yo me quedaba en casa para criar a nuestras hijas, enfocándome en su educación, su bienestar y nuestro hogar.
En esos años, Santa María estuvo con nosotros. Cada dos semanas venía a recoger una caja de comida—siempre bien surtida—y ropa para mis hijas. Tener seis niñas requiere mucho, y fue una bendición recibir tanto apoyo. Santa María ayudó a alimentar a mi familia y le dio a mis hijas ropa que las hacía sentirse especiales.
Ese tipo de ayuda… nunca se olvida.
Ahora mis hijas ya están grandes, y no podría estar más orgullosa.
- Mi hija mayor, María, quiere ser doctora.
- Joanna ya trabaja como terapista con niños con autismo.
- Damaris sueña con ser maestra de matemáticas—es increíblemente inteligente.
- Melissa está por terminar la preparatoria y quiere dedicarse a la belleza y el estilismo.
- Tania, que también quiere ser doctora, fue aceptada recientemente en escuela preparatoria Saint Francis.
- Y Ashley, la menor, está en la secundaria llena de sueños por cumplir.
Varias de ellas obtuvieron becas completas para estudiar en escuelas privadas. Fueron valedictorian, dedicadas y responsables. Yo siempre estuve presente—en la escuela, en casa, ayudándolas con sus tareas y animándolas a seguir adelante. La educación se convirtió en la misión de nuestra familia.
Ahora que son más grandes e independientes, yo devuelvo lo que recibí. Cada mañana vengo a Santa María a servir. Me encanta. Cuando entrego cajas de comida a las familias, las doy con el mismo cuidado con el que una vez las recibí. Sonrío. Hablo desde el corazón. Sé lo que significa estar en esa fila. Y ahora me toca estar del otro lado, sirviendo con amor.
Hace poco adquirimos una casa móvil, después de más de 24 años rentando. No ha sido fácil, pero estamos trabajando duro para hacerla nuestro hogar. Mi esposo ahora tiene una pequeña taller de carrocería después de tantos años en restaurantes. Yo aún no trabajo fuera de casa—sigo enfocada en apoyar a mis hijas en la preparatoria y la universidad.
Cuando llego a casa con una caja de comida, mis hijas todavía se alegran: “¡Gracias, mamá!”, me dicen.
Ellas recuerdan. Recuerdan los días en que veníamos a Santa María por ayuda. Y me han dicho: “Cuando me gradúe y tenga una carrera, yo también quiero ayudar. Quiero apoyar a familias como la nuestra.”
Eso es lo que más llena mi corazón—saber que mis hijas aprendieron no solo a estudiar y salir adelante, sino también a amar y servir a los demás.
He recibido reconocimientos de la ciudad e incluso de un senador estatal. Pero para mí, la mayor alegría es estar aquí en Santa María. Ayudar a alguien más. Devolver lo que alguna vez recibí. Apoyar a mi comunidad.
“Lo que se hace desde el corazón,” siempre digo, “no tiene precio.”
Gracias por apoyar este ministerio que cambió mi vida—y que sigue transformando la vida de tantas familias como la mía.
