Construyendo el Futuro de una Familia, una Gordita a la Vez

Algunos ya conocen a Patricia Lozano por sus mañanas en la despensa de Santa María — más de una década llegando, primero por ayuda, después para darla. Ahora encontró una nueva manera de hacer ambas cosas a la vez: con una lonchera, una receta familiar, y su familia a su lado.

En la esquina de West Taylor y Coleman en San José, el comal ya está caliente desde las 9 de la mañana entre semana, y el olor — maíz asado, carne dorada, algo con un chile rojo que se siente calientito — llega hasta la banqueta antes de que se alcance a ver la lonchera. Las gorditas salen calientitas, partidas y rellenas al momento, y el picadillo rojo tiene sus propios fieles. Pregúntele a Patricia “Patty” Lozano qué vende, y empieza por la comida. “Nuestra especialidad son las gorditas,” dice. Pero si se queda a escuchar un rato más, se da cuenta de que esta lonchera tiene menos que ver con la masa que con la gente que está detrás del mostrador con ella.

El nombre de la lonchera, Gorditas y Antojitos Comarca Lagunera, anuncia su origen culinario: La Comarca Lagunera. Esta región de tres ciudades — Torreón, Gómez Palacio y Lerdo — atraviesa la frontera entre Durango y Coahuila, de donde es la familia de Patty.

“Esta comida que usted está comiendo ahorita es comida tradicional de Gómez Palacio, Durango,” dice, con el orgullo de quien le presenta a su hijo consentido.

El menú carga con la región: gorditas de harina y de maíz, algunas doradas por el aceite; picadillo en salsa roja o verde; chicharrón y chicharrón prensado; discada; menudo los fines de semana; tortas, burritos, quesadillas, tacos. Pero si platica con Patty más de unos minutos, se da cuenta de que el menú nada más señala el camino hacia algo más grande: lo que una familia, trabajando unida, puede construir de la nada.

La lonchera tiene dos meses. Abrió el 20 de junio. Pero la comida que se sirve ahí no es nada nueva, y tampoco lo es la estrategia familiar detrás de ella. Durante casi año y medio antes de que existiera la lonchera, la hermana de Patty, Rosa María, y su sobrina, Selena, vendían las mismas recetas en un rincón prestado del taller de su hermano Javier — nomás los fines de semana, en el espacio que él pudiera prestarles entre cliente y cliente. La misma Patty llegaba en sus días libres, sin cobrar, “para darles un empuje,” como ella dice. Fue, en realidad, una pequeña ayuda mutua entre familia antes de convertirse en negocio: un hermano prestando el espacio, otra prestando su trabajo, y una tercera aportando las recetas que hacían que valiera la pena el esfuerzo.

“Aquí la chef es mi hermana,” dice Patty sobre Rosa María. “La cocinera, la del sazón, la del sabor, es mi hermana.”

Lo que convenció a su esposo de comprar la lonchera no fue tanto la ambición como la aritmética: año y medio de pruebas de que la comida podía sostener algo más que un pasatiempo de fin de semana, y una familia que lo necesitaba. “Un día mi esposo me dice: ‘¿Qué te parece si te compro una lonchera?’” Ya estaba vieja cuando la compró, y hubo que pintarla y arreglarla antes de poder usarla, pero para Patty, la lonchera nunca fue realmente el punto: su hermano recuperó su espacio de trabajo, y su hermana y su sobrina consiguieron trabajo seguro. “El sazón es de ellas,” dice. “Todo esto es de ellas.” Hoy, su hija Tania — la que algunos recuerdan que entró a Saint Francis Prep — también trabaja los fines de semana en la lonchera, cobrando con tarjeta.

Construir esa estabilidad significó dejar de ser voluntaria en Santa María. No es una decisión que ella tome a la ligera.

“Me dolió hasta el alma [dejar de ser voluntaria en Santa María],” dice. “Lloré mucho, sí. Pero mi Diosito sabe que mi corazón es ayudar a los demás y servir a la comunidad,” dice sobre esa decisión.

Por más que le dolió, tomó la decisión de todos modos, porque su hermana necesitaba un ingreso seguro y Patty decidió que ella era quien podía hacerlo posible. Al final, su corazón de servicio y su compromiso con su comunidad simplemente se han redirigido por ahora — un recálculo de dónde podía hacer más bien su esfuerzo, de repartir cajas de comida a construir el tipo de ingreso estable y familiar con el que su hermana pudiera contar. Tampoco se ha alejado por completo de Santa María ni del vecindario de Guadalupe-Washington. Hace poco donó 80 burritos para el National Night Out del vecindario — prueba, por si hiciera falta, de que la emprendedora y la voluntaria siguen siendo la misma persona.

Los momentos que más se le quedan grabados, dice Patty, tienen menos que ver con la comida que con lo que esta destapa. Clientes de sesenta y setenta años — algunos llegando con tres generaciones de familia — le dan una mordida al picadillo rojo y se quedan callados.

“Oh my God, este picadillo rojo me recuerda a mi mamá,” le dijo un señor, antes de ponerse a llorar.

Su mamá, según supo después, ya había fallecido. “Eso es algo que nunca se me va a olvidar,” dice. “Se acuerdan del sazón de su mamá, y lo encuentran aquí, igualito.” Los fines de semana de más movimiento, pone música de allá en el mostrador, para que por unos minutos, los clientes estén en otro lugar. Es el tipo de pertenencia que una comunidad construye por sí misma, una orden a la vez, y Patty ha hecho de su lonchera un lugar donde eso sucede.

A dos meses de haber abierto, los fines de semana ya están saturados: Patty describe los sábados y domingos como “saturados,” con familias que piden 20 o 30 gorditas de una vez para llevar. Los anuncios en la radio en español y en TikTok han traído clientes desde Manteca y Salinas — casi una hora de camino de cada lado. “Te escuché en el radio, por eso vine,” le dicen, sin que ella pregunte, en la ventanilla. Pero lo que más ha hecho crecer el negocio no es la publicidad; es la misma red de relaciones comunitarias que ayudó a construir la lonchera desde el principio. Un contacto del vecindario de Guadalupe-Washington invitó a Patty a llevar su lonchera a un nuevo lugar para un almuerzo entre semana, donde vendieron el equivalente a dos días de trabajo en unas tres horas. (Están gestionando un permiso fijo para regresar.) Para ella, esto es prueba de que esta idea puede crecer más allá de una familia y una esquina.

Su hermano Javier está por abrir un bar junto a su taller y al lugar donde la lonchera trabaja de día. Una vez que abra, el plan es que la lonchera esté abierta de jueves a domingo por las noches. Es el mismo instinto que construyó el negocio desde un principio — trabajar juntos en familia y darle algo deliciosamente nostálgico a una comunidad que tiene hambre de eso.

Por ahora, Patty atiende la ventanilla casi todos los días de la semana, tomando pedidos mientras suena el teléfono y se forma la fila afuera. “Empezamos desde abajo,” dice, “pero con ganas. Eso es lo bonito.” Unos minutos después, regresa a la misma idea pero dicha de otra manera — la frase que, más que cualquier otra, suena como toda la filosofía detrás de lo que ha construido:

“Cuando uno ama lo que hace, no tiene precio.” Ya antes ha dicho algo parecido, sobre otro tipo de trabajo. Y sigue siendo cierto.


SI QUIERE IR

Gorditas y Antojitos Comarca Lagunera. 501 West Taylor Street, esquina con Coleman Avenue, San José; 408-417-3605. Abierto entre semana de 9 a.m. a 3 p.m., fines de semana de 8 a.m. a 5 p.m. Gorditas desde $5; se prefiere efectivo, se aceptan tarjetas con un cargo extra. Sin página web, sin apps de entrega — encuéntrela por el letrero en la banqueta, o por la fila de gente que ya está esperando.

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